Todos los aires de Buenos Aires

Extrañaba estar de vacaciones.

Buenos Aires, Argentina: un viaje esperadísimo que estuvo lleno de experiencias, vino y muchísima inspiración. Ufff de ufffes para contar porque fue mi primera vez allá. La verdad es que me encantó la ciudad, sus colores, sus aires (calientes, fríos, locos) y su melodía de voz.

 

Hermosos jacarandás, calor salvaje, frío antojadizo, lluvia torrencial, conciertos cancelados, cacerolazos multitudinarios, zapatos lindos, cueros (en todo sentido), moda callejera, carne exquisita, vino todos los días, teatro, fútbol, tango… y todos mis sentidos agradeciendo la travesía y pidiendo repertirla pronto. 

 

Un adelanto en imágenes sobre lo que fue mi segunda luna de miel, ché…

collage buenos aires 2012

Zambos en Buenos Aires, 2012

Viaje a Concepción, Huancayo

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Escribo con retraso sobre el viaje que hicimos en Semana Santa.

No quiero que con el pasar de los años se me olvide que fue el primer viaje que hacía con mi familia Pinedo, ni lo lindo que la pasamos, ni lo apachurrables que estaban mis sobrinos.

Por eso apunto que ese viaje fue bonito, además de especial.

Recuerdo a mis suegros con equipaje de abuelitos: golosinas y abundantes provisiones, libros de pintar, colores, plastelina, de todo para los nietos.

Los Cavero Pinedo en pleno: Fer, Susy, Thiago y Paulo (de apenas dos meses). Una aventura para ellos. Y una delicia para nosotros, los tíos, que nos divertimo mucho jugando con ellos. Thiago me agarró camote y yo feliz. “Veio”, me decía. ¡¡¡Lo máximo!!! Y ni qué decir de Paulo, que pasó de brazo en brazo y tuvo en su tío Pepe a su mayor fan.

Los Pinedo Saldarriaga también en pleno: Walter, Bettina, Bruno, Ana Lucía y Alessandra. Mis tres sobrinos adorables, cada quien con su personalidad. Sufrieron, pobrecitos, con el mal de altura, pero finalmente gozaron el maravilloso viaje a Huancayo.

El camino de ida larguísimo, mi esposo un experto conductor, el hotel Huaychullo lindo, la comida de Huancayo buenaza, el clima reparador… y los momentos ¡inolvidables!

Todos en Huancayo, 2011

Paracas, otra vez

Volvimos a Paracas. Con poca organización pero muchísima ilusión. Hemos decidido hacer de nuestras incursiones a nuestra playa serán, por lo menos, una vez al año… y en febrero. Como para reafirmar el compromiso que iniciamos el 14.02.10.

Este año el viajecito lo planeamos a última hora… pero como eso no es problema para nosotros, todo salió espectacular. Nos fuimos sin reserva de hotel, con el cooler lleno de fruta y agua y el buen Valiente volvió a ser nuestra nave cómplice. En menos de 3 horas (gracias a la nueva autopista) ya estábamos en nuestra playita feliz. Mendieta, así se llama oficialmente. El nombre que le hemos puesto es “nuestra”. Y punto final.

El mar, como siempre, riquísimo. El sol, el color del cielo. Nuestras conversaciones felices, nuestros minipleitos como entretiempo, los mejores besos y abrazos del mundo, recolección de piedras bonitas, un almuerzo cerca del malecón, el sunset y, al final del día, un hotelito que apareció en el camino con habitación disponible (cumplía con las tres Básicas: bueno-bonito y barato).

El domingo decidimos explorar nuevas playas. Conocimos una de mar exquisito, parecía una piscina. No había ni media ola y el agua era tan cristalina que nos veíamos los pies. Refrescante y romántico. Hemos prometido regresar a esa playa… para averiguar el nombre y para llegar más temprano porque esta vez era casi medio día y varias familias ya estaban revoloteando en el mar.

 

Regresando a Lima paramos a almorzar en un nuevo restaurante. Se llama El Batán. Muy rico.

 

Así fue nuestro viaje a Paracas. Espontáneo. Recorriendo playas, reafirmando sueños, conociéndonos más…

Aunque no lo hice en voz alta lo escribo ahora: nuestra playa siempre será mi favorita. Allí es donde siempre habrá magia.

Pie derecho

Recibiendo el año con champagne, uvas y mar
 
No hubo mucho sol, es cierto. Pero con el tiempo uno se da cuenta que lo importante no es el ambiente sino la persona que tienes al lado… y así, ambos estábamos felices de tenernos.
Empecé el 2010 sonriendo.
 
Pepe y yo habíamos planeado una vez más un viajecito. Esta vez fuimos en Valiente con rumbo norte. Lo conversamos unos días antes, buscamos algunos datos en internet y nos decidimos por un hospedaje en Caleta Vidal (km 180 Panamericana Norte) cuyo nombre desde el inicio nos pareció curioso y risible: “Tío Rico”. Estábamos ansiosos de averiguar el porqué de la jactancia. El jueves 31, el último día de 2009, me tocó trabajar y realmente sí tuve muchas cosas que hacer, el problema es que el día estuvo acompañado de un dolor impetuoso y espasmódico cada vez que iba al baño. Me concentré y le pedí a mis angelitos que sean cómplices y me alivien la molestia. Quería empezar el año sin dolores, sin contratiempos. Con el pie derecho.
 
Me escapé sin remordimientos un rato antes de la hora oficial de salida. Mi amor: debo decirte que estabas recontra guapísimo con tu look de piloto relajado. ¡Qué buen comienzo! Yo estaba feliz, Pepe también. Partimos y en media hora ya estábamos estacionando en… ¡MegaPlaza! Sucede que teníamos hambre y no estábamos seguros de cuánto nos demoraría llegar a nuestro destino. Mejor ir con la pancita llena. Elegimos Burger King mientras analizábamos cual sociólogos-psicólogos-periodistas el comportamiento en masa de las personas que van, compran, pasean, gilean en ese centro comercial de Lima Norte. Diversión con sabor a hamburguesa con queso.
 
Teníamos el propósito de disfrutarnos plenamente en este viaje de cierre y de inicio. Pusimos música, tuvimos que aguardar un buen rato por el tráfico terrible que se hace en ese tramo de la Panamericana. Yo estaba tranquila, consciente de que no había apuro alguno por llegar a una hora exacta. Pepe renegaba más porque no le gusta estar inmóvil en su carro. Mientras tanto jugábamos a reír, yo lo ponía al día sobre las historias de mis amigas, él opinaba, compramos un libro pirata de Gastón para saber los mejores huariques para cada antojo (lo siento, Gastón, pero era eso o hacer un depósito de miles de dólares en un banco para que me lo obsequien), conversábamos y luego hasta licencia me di para dormir un poco.
 
Siempre soñé con tener una pareja que disfrutara sinceramente con las cosas que me gustan. Siempre soñé con estar con un viajero. Y mi zambo lo es, es un aventurero. Por eso estoy feliz. Entonces, mientras avanzábamos yo lo contemplaba comprobando por los latiditos acelerados de mi corazón que estaba al lado de la persona que tanto he querido y necesitado siempre. Es rico tener esos momentos. Sé que él es, pero me gustan los instantes en los que lo confirmo.
 
Por fin, luego de dos horas de camino, de neblinas y de tímidos rayos de sol asomando… ¡llegamos al km 180! Un letrero verde nos daba la bienvenida a Caleta Vidal. Entramos por la izquierda y seguimos un caminito de trocha no muy extenso. Frente a la plaza estaba el “Tío Rico”. Por fin sabríamos quién y cómo era el tal Miki, dueño del local. Bajamos del carro, entramos a la casita pintada de azul y blanco. Era una casa de decoración setentera, afuera unas perezosas para descansar, adentro un comedor, un cuarto, un pasadizo, la cocina, un cuarto más, un patio y atrás de eso dos habitaciones más a medio terminar. No era un lugar bonito, pero no necesitábamos lujos.
 
Conocimos a Miki, un cuarentón flaquísimo con cara de ­–seamos sinceros­­– LORNA. Se notaba que estaba feliz con la acogida que había tenido su hospedaje sin necesidad de mucha difusión (alguien lo recomendó en internet y el acceso a él fue de lo más fácil), pero pese a esa alegría seguía siendo un poco tímido y lento. Nos enseño el cuarto que habíamos elegido sin ver. Tenía baño propio y eso era lo que queríamos. Luego había una cama de dos plazas con un colchón durísimo y dos camas adicionales un poco más cómodas. Una de ella fue nuestra cama, la otra nos sirvió para acomodar nuestras cosas (Miki nos “pidió prestado” el colchón de esa) y la más grande la usamos para echarnos a ver películas en la laptop.
 
Pepe, fiel a su estilo, revisó las fallas del cuarto. La principal fue una ventanita por la cual podrían vernos desde los otros cuartos. Entonces la tapamos con las malcriadas de El Trome y con una almohada.
 
Pasamos las últimas horas del 2009 conociendo la famosa caleta y recorriendo un poco las zonas aledañas. Se veía bien y se me ocurrió que hagamos fogata en la playa. Fuimos por leña, pero jamás la usamos. Recibimos el 2010 en el mismo hospedaje. Y aquí viene la parte más valiosa de este post:
 
Mi amor, esta vez no describiré más el lugar ni la aventura, tan solo quiero decirte que recibir el 2010 a tu lado me ha llenado de esperanzas y de seguridad. Cada uno de los deseos que nos confesamos mientras comíamos nuestras uvas, cada brindis con champagne, cada abrazo, cada beso, cada fotografía tomada hicieron que este sea el viaje soñado. Recibir un nuevo año junto al amor de tu vida justo en la etapa más linda del enamoramiento no tiene precio. Sé que pasaremos el resto de los años nuevos juntos, pero estoy segura de que nunca olvidaremos este en particular. Y es que sí hubo de todo, aunque no haya habido sol. Dormir a tu lado es un lujo, pese a tus ronquidos (gracias por la buena intención y genial idea de arrullarme con la música de tu ipod y por ser tan creativamente gracioso poniéndote la gutapercha en la boca). Acostarme y despertarme abrazada a ti me emociona y me motiva. Eres mi héroe matacucarachas y matazancudos (se te ve tan comprometido con el mundo cuando te concentras en esa labor). Eres también el Rey de las Curvas cuando manejas (¿te he contado que mi abuelo fue corredor de autos y su alías era ese?, bueno, me gusta cómo suena, pero no seas como él, jajajaja, yo solo quiero que seas el rey de mis curvas). Eres todo lo que quiero en mi vida: mi compañero, mi amante, mi contador de chistes, mi héroe, mi aventurero, mi siempre dispuesto jota. Te amo por eso.
 
Queda pendiente regresar a “Lampay”, esa playita realmente caleta, cuando el sol esté pleno y también cuando tengamos hijos. Queda pendiente un plan de negocio turístico para seguir haciendo patria. Queda pendiente ir a comer a Tato, aunque el Palmero estuvo buenísimo. Queda pendiente comprar una almohada viajera para mí, no es justo que solo tú lleves tremendo almohadón floreado, jajajajaaja. Quedan pendientes más brindis, más amor, más fotos. Queda una vida pendiente. Te amo.
 
 
PD: sé que esperabas más de este post. Por alguna extraña razón me quedé atracada, no por falta de inspiración. Quizás es que siento que ahorita hay otros temas que me rondan en la cabeza y sobre los que escribiré pronto. Ojalá no entristezcas mucho porque esta entrada no está como la imaginabas. I know you, fly.

 

Que venga lo bueno, bienvenido 2010

No pienso ser malagradecida ni ingrata. No quisiera que se vaya el 2009. Ha sido un buen año, me han pasado cosas excelentes. No quiero decirle simplemente chau, vete ya. No, no, no. Antes de despedirme haré un recuento a manera de gracias.

Gracias, 2009. Desde el primer día del año te quise mucho.

Ha sido un año de crecimiento, de madurez, de tranquilidad, de amor.

Me dejé lanzar al cielo y grité sin parar mirando el paisaje cusqueño. Cambié una chamba buena por una mejor. Sin querer queriendo seleccioné mejor a mis verdaderos amigos y con ellos me quedé. Hice un diplomado y también me titulé. Empecé a perdonar, a olvidar, a superar. Viajé. Me enamoré. ¡Gracias 2009!

Y gracias a ti, mi amor, porque no hubiera logrado nada de lo que acabo de mencionar si no hubiera sido por tus palabras de aliento, por tus consejos y por tu compañía. Te amo profundamente y estoy convencida de que lo nuestro es lo más maravilloso que nos pudo pasar. Serendipity por fin. Y por fin una lista de más de cien cosas por seguir cumpliendo.

Ahora sí: ¡BIENVENIDO 2010!

 

Nos vamos a las playitas escondidas del norte chico. Pronto un nuevo post.

Amor a color

Viaje a Pucallpa

27-29 noviembre, 2009

 

Pucallpa es un vocablo quechua que quiere decir tierra roja o tierra colorada. Dicen que la ciudad del oriente peruano lleva ese nombre debido a la coloración rojiza de su suelo. Para mí Pucallpa es mucho más que un suelo rojizo, es más que el primer lugar de la selva que he visitado en mi vida. Pucallpa es el primer paraje al que viajé con Pepe y disfruté de principio a fin la felicidad de estar con la persona de tu vida.

***

Habíamos planeado este viaje como dos meses antes. Inicialmente nuestra fecha de vuelo era el 30 de octubre. Esa noche fuimos al aeropuerto, apuradísimos y nerviosos. El tráfico había sido un desastre y llegamos casi con las justas para hacer el registro. Ya estando en pleno Jorge Chávez, y más relajados con respecto al tiempo, nos sentamos a comer en McDonald’s, caminamos un poco y abordamos el avión con calma. Estábamos sentaditos, con el cinturón ya puesto cuando, de pronto, la voz de la azafata retumbó en nuestros oídos: “queridos pasajeros, disculpen las molestias, por problemas con el aeropuerto de Pucallpa no podremos despegar. El viaje se ha cancelado. Váyanse a volar a otra parte. No nos interesan sus vacaciones ni sus sueños estancados. Adiós. No nos llamen, los llamaremos si nos provoca”. Bueno, lógicamente no fueron las palabras exactas pero sí el sentido de las oraciones de esa mujercita que se esfumó como “mi bella genio” una vez que terminó de hablar.

Pepe y yo no podíamos creerlo. Con toda la ilusión que habíamos tenido, con todo lo que habíamos planeado, con la reserva del hotel hecha y sin planes para “jalouin” decidimos no hacernos más colerones y regresamos a mi casa. “Por algo será”, dijeron nuestras mamás cuando les contamos. Esa noche no viajamos a ningún lado, pero brindamos por la anécdota. Al día siguiente Pucallpa era Cieneguilla. Pero esa es una historia aparte.

Por fin concretamos el viaje un mes después. Partimos el viernes 27 de noviembre en la noche. Cuando ya estábamos listos para despegar estaba inquieta. Nunca le he tenido miedo a los aviones, pero esa vez sentía revoltijos de nervios en mi panza. Felizmente tenía a mi jota al lado, lo abracé, me aferraba a él, a su olor y a su voz mientras hacía mis oraciones para que todo salga bien y, por supuesto, no se haga realidad ninguna escena de película de gente perdida en la selva o naufragando en el mar por culpa de un avión piña. Gracias a Dios mi zambo me dio la calma, hizo que abra mis ojos y vea el esplendor de las luces limeñas y luego el espesor de su gris un poco más arriba. Estábamos en el cielo. Por primerísima vez los dos juntos sobre las verdaderas nubes.

Llegamos a Pucallpa como a las diez de la noche. Recién había terminado de llover y sentíamos el vapor en nuestras caras. Recogimos los maletines y tomamos un taxi hasta Arequipa. Así se llamaba el hotel de la primera noche y quedaba en el centro de la ciudad. Fue una noche bonita. El cuarto no era nada del otro mundo, pero estaba limpio y tenía aire acondicionado. Además, lo principal era que estábamos juntos… así que nos abrazamos y nos quedamos dormidos. Jota ronca, ronca mucho. Mi estrategia es darle unos empujoncitos cuando lo hace, él dice que soy muy tosca y que busque otras maneras, que no se da cuenta y que si por él fuera lo controlaría. Creo que tiene razón. Pensé que llegando a Lima debía buscar información sobre los ronquidos y sus soluciones. Yo quiero dormir con jota el resto de mi vida, pero preferiría otra banda sonora para mis noches.

El sábado nos despertamos temprano. La tele se había quedado prendida y los canales de ese cable eran bastante folclóricos para nuestros gustos. Lo solucionamos durmiendo un poco más, luego bajamos a tomar desayuno y esperamos que nos recojan los del “ecolodge” que mi zambito ya había contratado.

A las 10 de la mañana llegó un tipo chato de ojos claros, nos ayudó a cargar los maletines, nos embarcó en un mototaxi y seguimos a su moto hasta el puerto que está a unos 7 km de la ciudad. Por primera vez vimos la impresionante laguna de Yarinacocha. El agua se veía verde, pero clara. Seguramente el tono se lo da toda la vegetación. Es selva, pues. En ese momento no éramos conscientes de que esa laguna sería la compañera perfecta de nuestro viaje ideal. Ahora que escribo esto siento que la laguna es mágica.

Llegamos al albergue donde pasamos una noche y dos días inolvidables. Nos llevó el señor Walter en su lancha y nos recibió Gustavo, un jovencito muy amable y hospitalario que se ofrecía a salir con nosotros en el momento que nos provocara. Nos dio un cuarto provisional, todo era muy rústico y felizmente no había tanto bicho como me imaginé. Dejamos nuestras cosas y regresamos a la lancha. Walter nos llevó a una comunidad artesana. No había nada del otro mundo, pero dado que ya estábamos ahí y que las miradas de las mujeres nos destruían cada segundo con más intensidad Pepe me compró un collarcito que elegí casi a la fuerza y nos fuimos. Después volvimos a la lancha con la promesa de ir a “la jungla”. Jajajaja… resulta que la jungla era solo el nombre de un restaurant turístico a la orilla de la laguna. Había animales, eso sí. Pero en sus respectivas jaulas. Creo que mejor fue así porque cara de buenitos no tenían, sobre todo uno con pinta de gato salvaje que se puso de boca a boca con mi zambo. Del resto de esa tarde recuerdo que regresamos al albergue y por alguna tontería que ya ni recuerdo se nos ocurrió discutir y quedarnos dormidos. Cuando despertamos ya se estaba poniendo el sol. Buen escenario para una reconciliación. El agua ya estaba más calmada y nosotros también. Decidimos no salir más esa noche, cenamos y pasamos una noche muy entretenida y particular conversando por horas a la luz de una linterna. Esos momentos de cercanía no tienen precio.

El domingo despertamos temprano con la banda sonora de cientos de pájaros cantores que pudimos ver desde el balconcito de nuestro nuevo cuarto. Fuimos a desayunar y a Pepe lo devoraron los bichos. Fue tanta su desesperación que tuvo que regresar al cuarto antes que yo. No había agua para bañarnos y decidimos salir así, “a la guerra”. Nos tocó salir con Walter y Gustavo. Esta vez fuimos en busca de osos perezosos. Mientras los buscábamos nos topamos con pájaros de distintos tamaños, colores y silbidos. Hasta que por fin. Nos habíamos demorada más de la cuenta pero lo logramos. A lo lejos se divisaba un pompón plomo. Era un perezoso real. Anclamos el bote cerca a los árboles y Gustavo trepó el árbol hasta bajar al animalito. Por primera vez en mi vida veía a un oso de esa especie. Tenía cara de flojonazo, un pelo completamente tieso, varios insectos silueteándolo y unas garras larguísimas, amarillentas y arqueadas. Así y todo, feísimo el pobre, me dio ternura y hasta lo cargué. Todos hicimos lo mismo y luego lo volvimos a dejar en su hábitat natural, para que se siga rascando la panza con toda su modorra. Ahora que lo pienso… ¿vendrá de ahí la frase “rascarse la panza”? Y es que el oso perezoso es panzón, haragán y tiene unas garrazas. Quizás sí se la pase rascándosela. Tras ese encuentro nos tocó ir a la “playa”.  Paramos a la orilla de laguna y nos dimos un rico chapuzón hasta que sentimos que unos diminutos pececitos nos estaban mordisqueando. Fue, sin duda, una rica mañana. Regresamos al albergue a almorzar y después de un brevísimo descanso nos fuimos a la selva. Ahora sí el plan prometía: nos íbamos a insertar en las profundidades de un bosque de la mera selva. Sí que sí.

Mi zambo estaba más emocionado que yo. Creo que se sentía en uno de los capítulos de Lost, una de sus series favoritas. Sin embargo, si no fuera por la sensación de aventura inicial y el mono que vimos en la entrada (amarrado, por cierto), la selva para mí no tuvo mayor atractivo. El vapor era espeso, la vegetación nos cubría, las hormigas eran del tamaño de mis dedos del pie y los zancudos me volvían loca. Además, tuve la mala suerte de golpearme la cabeza con un tronco. Fue ahí donde decidimos dar media vuelta y regresar. Total, para la aventura ya era suficiente. Desde estas líneas le agradezco a mi zambito por haberme cuidado y por no haberse molestado cuando propuse regresar. Sé que él tenía más ilusión que yo de recorrer los parajes prohibidos, que quería pelear con pishtacos y entrar en discusiones con leones y cocodrilos. Sorry, mi amor, no era mi intención arruinar el plan. De todos modos, yo te veo más valiente y guapo que Tarzán.

Ya se acababa el día. Llegando al albergue nos tomamos una cerveza cada uno. ¡Qué refrescante! Me eché en la hamaca un rato, Pepe se sentó en uno de los bancos hechos de troncos y así empezó a atardecer. Otra vez las aguas mansas y el cielo precioso. Azules, lilas y anaranjados se iban mezclando haciendo gala de las maravillas de la naturaleza. Puedo decir con toda convicción que es un lujo pasar minutos de tu vida en un escenario así, lleno de belleza y con el alma llena también… de mucho amor.

Eran como las siete de la noche y ya a oscuras regresamos al pueblo. Pucallpa nos esperaba en domingo. Y qué tal domingo: discotecas funcionando, música a todo volumen en todas partes, mototaxis bullangueros paseando por todos lados y la Plaza de Armas en un alboroto sin par. Con equipaje y todo entramos a la iglesia, inicialmente para agradecer y salir, pero luego decidimos quedarnos en la misa. Eso me dio paz. Agradecí y también pedí con el corazón en la mano que el amor entre nosotros siempre se mantenga sano y audaz. Después de la bendición nos tocó hacer tiempo en la plaza. Fue divertido, comimos helados, miramos a la gente pasar, y nos abrazamos relajadísimos. Ya nada podía ser mejor. Emprendimos ruta hacia el aeropuerto, el vuelo saldría con retraso, comimos un sanguchito y a la hora de la hora nos subimos al avión. Esta vez ya no más miedo. La sonrisa de oreja a oreja y un par de corazones más vivos que nunca podían echar a andar tremenda maquina voladora. Recargadísimos de energías y convencidos de esta relación Lima nos esperaba con los brazos abiertos. Porque finalmente Lima es Lima y es nuestro hogar, dulce hogar.