Y hasta que la muerte nos separe…

Qué rápido pasó el tiempo. Han pasado ya cuatro meses desde que nos casamos. El tiempo voló… y sin querer queriendo descuidé nuestro blog.

Me demoré mucho en escribir sobre el día del matri. No fue por falta de ganas, pero sí admito que me faltó inspiración (ganas e inspiración no son lo mismo). Quizás fue por todas las emociones o quizás por querer disfrutar plenamente cada paso dado, cada instante vivido. Digamos que no quería hacer lo que hacen en los conciertos de ahora: en vez de disfrutar cada canción y a la persona o grupo que tienen al frente, los asistentes optan por filmar y tomar fotos. ¡No prestan atención, no disfruuutan! Y como yo no quería caer en el mismo pecado, me tomé mi tiempo.

Y sí, acepto, hago un mea culpa: mi memoria es frágil y yo he sido muy floja. Me desligué por varias semanas de este lindo espacio que me permitía contar cada experiencia, cada emoción, cada evento. Y ahora tengo que hurgar en mis recuerdos, cerrar mis ojos y apretarlos muy fuerte para ver si así voy recordando los detalles más fieles de el viernes más bonito de mi vida.

La parte buena es que conservo en mi mente los hitos más representativos de aquel día, y aquí los anoto. Solo para que, cuando pasen los años y mi memoria esté más gastada que ahora, pueda releer estos escritos –quizás con mis hij@s– y recordar con cariño y nostalgia bonita lo que pasó el día en que dos se convirtieron en uno.

La noche del 23 dormí como un angelito. Tranquilita, relajada y con mucha ilusión.

El viernes 24 me desperté temprano y me fui “volando” a la parroquia de por mi casa con intención de confesarme, pero justo ese día la misa había empezado más temprano que nunca y no había cura disponible para indultar a los pecadores.  Regresé a Córpac a desayunar. Luego, tomé mi celular y, con ayuda de los números de teléfono que encontré en internet, llamé a todas las parroquias aledañas para saber los horarios de confesión. Fue la misión más tediosa del día, lo único que llegó a ponerme nerviosa.  Pero finalmente pude hacerlo y a las 11 de la mañana ya estaba inmune otra vez. 

Felizmente no fui presa de los nervios y hasta pude hacer siesta antes del almuerzo, hasta que Ro me despertó para irnos a almorzar con Patty y mi mamá. Luego de comer me fui al estudio de Nando Mesía , donde me peinaron y maquillaron. Quizá ese fue uno de los momentos más relax del día. Me hicieron sentir cómoda, bonita… lista para dar el sí. Estuve sola porque mi mamá y mis hermanas eligieron otras peluquerías para quedar guapísimas, pero me gustó esa soledad. Luego me recogió un taxi manejado por una señora que estaba más emocionada que yo por el gran día.

Al llegar a mi casa Toño me recibió sonriente, no había nadie más en casa. Luego fueron llegando Patty, mi mamá, Romina y mi papá. La casa olía a día especial.

Fue emocionante estar en mi cuarto (ahora ex cuarto) cambiando mis leggins por unas pantys blancas que jamás volveré a usar y mi holgado blusón por el vestido de novia más precioso del mundo. Verme en el mismo espejo en el que me miraba cada mañana colegial y universitaria… pero ahora vestida de blanco puro y con un velo en mi cabeza generó algunos espasmos de ansiedad y nostalgia en mi almita de chica sensible. Pero los superé pronto. Sin darme cuenta era la última arregladera en aquel cuarto que le había ganado a mi hermano Marco cuando nos mudamos a esa casa.

A las 5 de la tarde llegó a la casa Luis Yañez , nuestro fotógrafo. La sesión de fotos fue bonita, pero me empecé a estresar porque todavía no llegaba Carolina de su paseo y los demás se demoraban en alistarse. Pero finalmente logré lo que quería: salir de mi casa con suficiente anticipación (el tráfico era horroroso) para que no me pase el episodio de mis pesadillas (no llegar a tiempo). Saliendo de mi casa a las 6:15 llegué a la iglesia a las 7:15. Una horaza. Para hacer tiempo nos fuimos por los alrededores a escondernos. Mientras tanto tenía a Pepe al teléfono apurándolo para que el de la pesadilla no sea él. Y casi casi me caso sin novio porque le agarró un tráfico impensable. Felizmente nustros ángeles, sismpre tan activos, hicieron que llegue justo a tiempo.

Recuerdo las palabras de mi papá y la llamada de Marco, minutos antes de entrar a la iglesia. Respiré profundo y me negué a los lagrimones (mi maquillaje estaba demasiado lindo como para arruinarlo). Ahora que rememoro esas palabras sé que los dos Marco de la familia me quieren mucho y que, a pesar de todo, siempre estarán para mí.

Puedo decir que el momento más intenso fue mi entrada a la iglesia. Escuchar la marcha nupcial, reconocer las caras de cada una de las personas que puntualmente estaban ahí acompañándonos y divisar a lo lejos a mi guapísimo novio hicieron que las mariposas que dormían en mi pancita se despierten y alboroten. Pero cuando llegué al altar y Pepe me recibió sonriente sentí calma, seguridad y muchas ganas de dar el gran paso que estaba a punto de dar.

El padre Hague fue quien no casó. Debo decir que cada palabra que pronunció fue precisa y llena de cariño. De todo lo que dijo me quedo con  la frase que sacó de alguna película para darnos un consejo. “I choose us”. Ahí estará el secreto para hacernos bien. Siempre elegir “nosotros”, a partir de ahora se acabó el egoísmo.

Cada instante d ela ceremonia fue especial. Cada lectura, cada canción, cada mirada… y por supuesto el esperado “sí, acepto”.

Durante toda la misa, el coro de Cinthia Benaducci nos acompañó con violines y voces melodiosas. Habíamos elegido cada canción con especial cariño y yo me emocionaba escuchándolas. Sobre todo la última, antes de salir de la iglesia, pues lograron cantar el tema con el que Pepe me pidió que me case con él. Y si digo “lograron cantar” es porque para hacerlo tuvimos que pedir permiso, pues solo estaban permitidas las canciones litúrgicas.

Salimos de la iglesia con el “tan tan tan tan”, felices, llenos de energía, con sonrisas de oreja a oreja, llenos de aplausos y con el corazón más galopante que nunca. Por fin, ya éramos uno.

Lo que vino después fue espectacular pero queda de tarea pendiente para un próximo post. Tuvimos nuestra fiesta soñada, una reponedora noche de bodas y la luna de miel más empalagosamente divertida y refrescante que alguien pueda tener.

Y a cuatro meses de ser tu esposa solo puedo decirte que cada día reconfirmo que esta es la mejor decisión que pudimos tomar: la aventura más divertida, el compromiso más sencillo, el sentimiento más profundo. Me encanta nuestra vida, mi cómplice.

Magia

Siempre tuve mis reparos con el 14 de febrero como fecha para celebrar el Día del Amor y la Amistad; sinceramente no sé quién fue San Valentín, no tengo nada contra él –de hecho debe ser uno de los santos más mentados del mundo–, pero simplemente no me nace de espontánea dedicarle un día. Creo que el amor y la amistad deberían celebrarse los 365 días del año o, por lo menos, en cualquier fecha sin marcar en el calendario. El amor se celebra sorprendiendo, en cualquier momento, en cualquier lugar.

Mi último 14 de febrero lo pasé en Paracas. Pepe y yo decidimos ir y al final la fecha que elegimos fue ese fin de semana, pero no necesariamente por ser “ese” día. Partimos el sábado temprano en Valiente, el día estaba soleado y entre conversa y conversa el trayecto se hizo corto. Nuestra primera parada fue en el kilómetro 138 de la Panamericana Sur, en Cañete. Como no habíamos desayunado, nos guardamos el apetito hasta El Piloto, ese restaurante ya clásico de la ruta sureña. Un jugo y un sanguchito y ya estábamos listos para seguir rumbo a Paracas. 

Por fin llegamos un poco antes de mediodía, el sol estaba en todo su esplendor. Nuestro plan, desde un inicio, era estar completamente relajados y disfrutar de un fin de semana solos en la playa. Otra vez íbamos en busca del paraíso. Y sí que lo encontramos.

La primera decisión fue no hacer el tour a las Islas Ballestas, pues antes ya lo habíamos hecho con nuestras respectivas familias y repetirlo ahora ya no nos entusiasmaba. Entonces, el sábado que llegamos fue día de investigación. Nos fuimos por el lado de las playas de la Reserva y empezamos a descubrir lugares impensables tan cerca de Lima: playas solitarias, dunas gigantescas, caminos casi inexplorados. Luego de un buen rato buscando la playa ideal decidimos bajar en una que se veía espectacular. Y ciertamente fue una excelente medida. Pasamos ahí un poco más de una hora, nos bañamos en el mar y nos enarenamos de arena por la fuerza de los famosos vientos paracas. Jugamos, nos reímos, disfrutamos, nos despeinamos, nos ensuciamos. Vivimos. Luego de eso fuimos a El Mirador, un hotelito en Paracas en donde nos alojamos. El resto de la tarde nos la pasamos en la piscina, luego fuimos a Pisco y después regresamos a ver pelis en la laptop… hasta que nos quedamos dormidos sin saber el final de esa película argentina que competirá con La Teta Asustada por el Oscar.

El domingo 14 de febrero salió el sol desde temprano y nuestro plan era ir desde temprano a la misma playita del día anterior, así que desayunamos pronto y partimos hacia el lugar más bonito del mundo, de mi mundo. Esta vez nos acomodamos en un lugar donde ya no nos llenaríamos de arena como el día anterior, así que estábamos contentos. Acomodamos toallas en la arena, cubrimos cámara de fotos, nos desparramamos en la arena a tomar sol. Quizá haya sido uno de los momentos más felices de mi vida. Y es que la felicidad está en las cosas más sencillas del mundo. Bastan solo la naturaleza y una excelente compañía para sentir que todo el mundo se detiene para ti, para sentir que todo es perfecto.

Tan feliz me sentí que le dije a Pepe: “amor, esto es perfecto: cielo azul, sol radiante, una playa hermosa y tú y yo solos en este paisaje, qué más podemos pedir”. Puedo pecar de cursi, pero confieso que me sentía en la cima del cielo. Entonces, él me interrumpió diciéndome que tenía toda la razón y que tanto era así que le había provocado cantarme una canción. Dale, le dije. Y se fue al carro a traer su… ¡guitarra! Y qué hace este con guitarra, de dónde la sacó, no sabía que la había traído, pensaba yo. Como a mí me encanta toda esa onda musical y siempre he soñado con tocar guitarra cantando cualquier cosa alrededor de una fogata en la playa (como en las películas, jajaja) me pareció encantador que aparezca ese instrumento. Digamos que se completaba mi escena de amor. Le dije que cante la primera canción que aprendió en su vida y me salió con una cantaleta muy graciosa. Yo aplaudía entre risas y exigencias para que algún día me enseñe a tocar. Hasta que me dijo que me calle porque él quería cantarme una canción. Adelante, amor, cántame lo que quieras.

Tengo la cabeza en la luna, tengo lo que siempre soñé. Tengo una inmensa fortuna desde que te encontré. Tengo mi futuro en las manos, tengo el corazón a tus pies, tengo lo que tanto esperaba, desde que te encontré…

Guauuuuuuuu, me dije en silencio. Esto es demasiado. Mi piel se erizó de inmediato, mi corazón se aceleró, y en mi cabeza retumbaba la frase “qué romántico, ahora sí me gustan los catorces de febrero”. Yo nací para ti, por eso es que hoy te vine a pedir… ¡cásate conmigo, amor, caminemos de la mano, cásate conmigo hoy, quiero estar, siempre a tu lado! Eres el amor de mi vida… cásate conmigo.

Ayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy. Qué difícil describir todo lo que sentí. Tenía todos los ingredientes ideales para armar mi escena de amor perfecta. Pepe, guitarra y voz, sol, playa (y nuestros ángeles cómplices, estoy segura de eso). Yo lloraba, mi corazón estaba a mil, mis manos apretaban las suyas, nos besamos y luego, con su voz ya un poco quebrada, él siguió cantando…

Viviremos enamorados, una eterna luna de miel, somos la pareja perfecta, mañana seremos tres. Yo, nací para ti, por eso es que hoy te vine a pedir… eres el amor de mi vida, cásate conmigo…

Ya a estas alturas no recuerdo qué palabras usó luego, pero me habló de nosotros, de lo bien que nos habíamos llevado siempre, de cuánto nos amábamos, de lo seguro que estaba. Él también estaba nervioso, creo que ambos temblamos de emoción. De repente sacó una cajita negra, la abrió y vi que algo brilló demasiado. ¡La pedida era con anillo y todo! Sinceramente no es lo que me importa (de hecho antes yo “rajaba” de ese trámite del anillo), pero cuando vi mi sortija me emocioné. Y es que los objetos no valen por lo que son sino por el valor que les da uno mismo. Y aunque sí seguramente invirtió bien mi zambo, lo que tengo puesto en el dedo es el símbolo tangible de un compromiso que no tiene precio.

Está demás decir que le dije que sí, que le reafirmé lo que siento por él, que seguí llorando un rato y que le pedí un bis de la canción. Este 14 de febrero sí fue especial, fui realmente sorprendida.
A este momento de mi vida le llamo magia.

PD: la canción es de un mexicano llamado Reily. Pero aquí entre nos, no cambio la interpretación de mi jota por nada.