Magia

Siempre tuve mis reparos con el 14 de febrero como fecha para celebrar el Día del Amor y la Amistad; sinceramente no sé quién fue San Valentín, no tengo nada contra él –de hecho debe ser uno de los santos más mentados del mundo–, pero simplemente no me nace de espontánea dedicarle un día. Creo que el amor y la amistad deberían celebrarse los 365 días del año o, por lo menos, en cualquier fecha sin marcar en el calendario. El amor se celebra sorprendiendo, en cualquier momento, en cualquier lugar.

Mi último 14 de febrero lo pasé en Paracas. Pepe y yo decidimos ir y al final la fecha que elegimos fue ese fin de semana, pero no necesariamente por ser “ese” día. Partimos el sábado temprano en Valiente, el día estaba soleado y entre conversa y conversa el trayecto se hizo corto. Nuestra primera parada fue en el kilómetro 138 de la Panamericana Sur, en Cañete. Como no habíamos desayunado, nos guardamos el apetito hasta El Piloto, ese restaurante ya clásico de la ruta sureña. Un jugo y un sanguchito y ya estábamos listos para seguir rumbo a Paracas. 

Por fin llegamos un poco antes de mediodía, el sol estaba en todo su esplendor. Nuestro plan, desde un inicio, era estar completamente relajados y disfrutar de un fin de semana solos en la playa. Otra vez íbamos en busca del paraíso. Y sí que lo encontramos.

La primera decisión fue no hacer el tour a las Islas Ballestas, pues antes ya lo habíamos hecho con nuestras respectivas familias y repetirlo ahora ya no nos entusiasmaba. Entonces, el sábado que llegamos fue día de investigación. Nos fuimos por el lado de las playas de la Reserva y empezamos a descubrir lugares impensables tan cerca de Lima: playas solitarias, dunas gigantescas, caminos casi inexplorados. Luego de un buen rato buscando la playa ideal decidimos bajar en una que se veía espectacular. Y ciertamente fue una excelente medida. Pasamos ahí un poco más de una hora, nos bañamos en el mar y nos enarenamos de arena por la fuerza de los famosos vientos paracas. Jugamos, nos reímos, disfrutamos, nos despeinamos, nos ensuciamos. Vivimos. Luego de eso fuimos a El Mirador, un hotelito en Paracas en donde nos alojamos. El resto de la tarde nos la pasamos en la piscina, luego fuimos a Pisco y después regresamos a ver pelis en la laptop… hasta que nos quedamos dormidos sin saber el final de esa película argentina que competirá con La Teta Asustada por el Oscar.

El domingo 14 de febrero salió el sol desde temprano y nuestro plan era ir desde temprano a la misma playita del día anterior, así que desayunamos pronto y partimos hacia el lugar más bonito del mundo, de mi mundo. Esta vez nos acomodamos en un lugar donde ya no nos llenaríamos de arena como el día anterior, así que estábamos contentos. Acomodamos toallas en la arena, cubrimos cámara de fotos, nos desparramamos en la arena a tomar sol. Quizá haya sido uno de los momentos más felices de mi vida. Y es que la felicidad está en las cosas más sencillas del mundo. Bastan solo la naturaleza y una excelente compañía para sentir que todo el mundo se detiene para ti, para sentir que todo es perfecto.

Tan feliz me sentí que le dije a Pepe: “amor, esto es perfecto: cielo azul, sol radiante, una playa hermosa y tú y yo solos en este paisaje, qué más podemos pedir”. Puedo pecar de cursi, pero confieso que me sentía en la cima del cielo. Entonces, él me interrumpió diciéndome que tenía toda la razón y que tanto era así que le había provocado cantarme una canción. Dale, le dije. Y se fue al carro a traer su… ¡guitarra! Y qué hace este con guitarra, de dónde la sacó, no sabía que la había traído, pensaba yo. Como a mí me encanta toda esa onda musical y siempre he soñado con tocar guitarra cantando cualquier cosa alrededor de una fogata en la playa (como en las películas, jajaja) me pareció encantador que aparezca ese instrumento. Digamos que se completaba mi escena de amor. Le dije que cante la primera canción que aprendió en su vida y me salió con una cantaleta muy graciosa. Yo aplaudía entre risas y exigencias para que algún día me enseñe a tocar. Hasta que me dijo que me calle porque él quería cantarme una canción. Adelante, amor, cántame lo que quieras.

Tengo la cabeza en la luna, tengo lo que siempre soñé. Tengo una inmensa fortuna desde que te encontré. Tengo mi futuro en las manos, tengo el corazón a tus pies, tengo lo que tanto esperaba, desde que te encontré…

Guauuuuuuuu, me dije en silencio. Esto es demasiado. Mi piel se erizó de inmediato, mi corazón se aceleró, y en mi cabeza retumbaba la frase “qué romántico, ahora sí me gustan los catorces de febrero”. Yo nací para ti, por eso es que hoy te vine a pedir… ¡cásate conmigo, amor, caminemos de la mano, cásate conmigo hoy, quiero estar, siempre a tu lado! Eres el amor de mi vida… cásate conmigo.

Ayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy. Qué difícil describir todo lo que sentí. Tenía todos los ingredientes ideales para armar mi escena de amor perfecta. Pepe, guitarra y voz, sol, playa (y nuestros ángeles cómplices, estoy segura de eso). Yo lloraba, mi corazón estaba a mil, mis manos apretaban las suyas, nos besamos y luego, con su voz ya un poco quebrada, él siguió cantando…

Viviremos enamorados, una eterna luna de miel, somos la pareja perfecta, mañana seremos tres. Yo, nací para ti, por eso es que hoy te vine a pedir… eres el amor de mi vida, cásate conmigo…

Ya a estas alturas no recuerdo qué palabras usó luego, pero me habló de nosotros, de lo bien que nos habíamos llevado siempre, de cuánto nos amábamos, de lo seguro que estaba. Él también estaba nervioso, creo que ambos temblamos de emoción. De repente sacó una cajita negra, la abrió y vi que algo brilló demasiado. ¡La pedida era con anillo y todo! Sinceramente no es lo que me importa (de hecho antes yo “rajaba” de ese trámite del anillo), pero cuando vi mi sortija me emocioné. Y es que los objetos no valen por lo que son sino por el valor que les da uno mismo. Y aunque sí seguramente invirtió bien mi zambo, lo que tengo puesto en el dedo es el símbolo tangible de un compromiso que no tiene precio.

Está demás decir que le dije que sí, que le reafirmé lo que siento por él, que seguí llorando un rato y que le pedí un bis de la canción. Este 14 de febrero sí fue especial, fui realmente sorprendida.
A este momento de mi vida le llamo magia.

PD: la canción es de un mexicano llamado Reily. Pero aquí entre nos, no cambio la interpretación de mi jota por nada.

Cranberries en Lima

Uno de mis grupos favoritos se presentó en Lima el 8 de febrero de 2010, el mismo día que Pepe y yo cumplimos cinco meses de enamorados. A veces la vida nos regala instantes que son eternos. Ese día tenía a Dolores O´Riordan, una de las mejores cantantes del mundo, coreando mi tema favorito (ese que siempre canto a voz en cuello cuando estoy sola) y a Pepe abrazándome fuerte. Yo solo atiné a cerrar los ojos para saborear el momento.

totally amazing mind
so understanding and so kind
you´re everything to me

Bye, bye vacaciones (hasta luego, vaquitas)

Días de amor, familia, amigos. De risas, de loreos, de bulla. Casa llena. Corazón lleno. Mi cumpleaños, (tú) mi perfecto compañero, mis platos favoritos. Películas que por fin vi(mos). Playa, piscina, teatro. Abrazos. Alegrías. Reencuentros (por fin). Cuadernito morado (de enamorados).

Una semana fue suficiente. Recobré energías, disfruté mucho verte en mi casa como uno más de mi familia (que lo eres ya) y ahora solo sé que el resto de vacaciones que me toque tener en la vida quiero compartirlas contigo, mi amor, mi cómplice, mi todo.

Te amo. Ahora sí, de vuelta al barrio.

Pie derecho

Recibiendo el año con champagne, uvas y mar
 
No hubo mucho sol, es cierto. Pero con el tiempo uno se da cuenta que lo importante no es el ambiente sino la persona que tienes al lado… y así, ambos estábamos felices de tenernos.
Empecé el 2010 sonriendo.
 
Pepe y yo habíamos planeado una vez más un viajecito. Esta vez fuimos en Valiente con rumbo norte. Lo conversamos unos días antes, buscamos algunos datos en internet y nos decidimos por un hospedaje en Caleta Vidal (km 180 Panamericana Norte) cuyo nombre desde el inicio nos pareció curioso y risible: “Tío Rico”. Estábamos ansiosos de averiguar el porqué de la jactancia. El jueves 31, el último día de 2009, me tocó trabajar y realmente sí tuve muchas cosas que hacer, el problema es que el día estuvo acompañado de un dolor impetuoso y espasmódico cada vez que iba al baño. Me concentré y le pedí a mis angelitos que sean cómplices y me alivien la molestia. Quería empezar el año sin dolores, sin contratiempos. Con el pie derecho.
 
Me escapé sin remordimientos un rato antes de la hora oficial de salida. Mi amor: debo decirte que estabas recontra guapísimo con tu look de piloto relajado. ¡Qué buen comienzo! Yo estaba feliz, Pepe también. Partimos y en media hora ya estábamos estacionando en… ¡MegaPlaza! Sucede que teníamos hambre y no estábamos seguros de cuánto nos demoraría llegar a nuestro destino. Mejor ir con la pancita llena. Elegimos Burger King mientras analizábamos cual sociólogos-psicólogos-periodistas el comportamiento en masa de las personas que van, compran, pasean, gilean en ese centro comercial de Lima Norte. Diversión con sabor a hamburguesa con queso.
 
Teníamos el propósito de disfrutarnos plenamente en este viaje de cierre y de inicio. Pusimos música, tuvimos que aguardar un buen rato por el tráfico terrible que se hace en ese tramo de la Panamericana. Yo estaba tranquila, consciente de que no había apuro alguno por llegar a una hora exacta. Pepe renegaba más porque no le gusta estar inmóvil en su carro. Mientras tanto jugábamos a reír, yo lo ponía al día sobre las historias de mis amigas, él opinaba, compramos un libro pirata de Gastón para saber los mejores huariques para cada antojo (lo siento, Gastón, pero era eso o hacer un depósito de miles de dólares en un banco para que me lo obsequien), conversábamos y luego hasta licencia me di para dormir un poco.
 
Siempre soñé con tener una pareja que disfrutara sinceramente con las cosas que me gustan. Siempre soñé con estar con un viajero. Y mi zambo lo es, es un aventurero. Por eso estoy feliz. Entonces, mientras avanzábamos yo lo contemplaba comprobando por los latiditos acelerados de mi corazón que estaba al lado de la persona que tanto he querido y necesitado siempre. Es rico tener esos momentos. Sé que él es, pero me gustan los instantes en los que lo confirmo.
 
Por fin, luego de dos horas de camino, de neblinas y de tímidos rayos de sol asomando… ¡llegamos al km 180! Un letrero verde nos daba la bienvenida a Caleta Vidal. Entramos por la izquierda y seguimos un caminito de trocha no muy extenso. Frente a la plaza estaba el “Tío Rico”. Por fin sabríamos quién y cómo era el tal Miki, dueño del local. Bajamos del carro, entramos a la casita pintada de azul y blanco. Era una casa de decoración setentera, afuera unas perezosas para descansar, adentro un comedor, un cuarto, un pasadizo, la cocina, un cuarto más, un patio y atrás de eso dos habitaciones más a medio terminar. No era un lugar bonito, pero no necesitábamos lujos.
 
Conocimos a Miki, un cuarentón flaquísimo con cara de ­–seamos sinceros­­– LORNA. Se notaba que estaba feliz con la acogida que había tenido su hospedaje sin necesidad de mucha difusión (alguien lo recomendó en internet y el acceso a él fue de lo más fácil), pero pese a esa alegría seguía siendo un poco tímido y lento. Nos enseño el cuarto que habíamos elegido sin ver. Tenía baño propio y eso era lo que queríamos. Luego había una cama de dos plazas con un colchón durísimo y dos camas adicionales un poco más cómodas. Una de ella fue nuestra cama, la otra nos sirvió para acomodar nuestras cosas (Miki nos “pidió prestado” el colchón de esa) y la más grande la usamos para echarnos a ver películas en la laptop.
 
Pepe, fiel a su estilo, revisó las fallas del cuarto. La principal fue una ventanita por la cual podrían vernos desde los otros cuartos. Entonces la tapamos con las malcriadas de El Trome y con una almohada.
 
Pasamos las últimas horas del 2009 conociendo la famosa caleta y recorriendo un poco las zonas aledañas. Se veía bien y se me ocurrió que hagamos fogata en la playa. Fuimos por leña, pero jamás la usamos. Recibimos el 2010 en el mismo hospedaje. Y aquí viene la parte más valiosa de este post:
 
Mi amor, esta vez no describiré más el lugar ni la aventura, tan solo quiero decirte que recibir el 2010 a tu lado me ha llenado de esperanzas y de seguridad. Cada uno de los deseos que nos confesamos mientras comíamos nuestras uvas, cada brindis con champagne, cada abrazo, cada beso, cada fotografía tomada hicieron que este sea el viaje soñado. Recibir un nuevo año junto al amor de tu vida justo en la etapa más linda del enamoramiento no tiene precio. Sé que pasaremos el resto de los años nuevos juntos, pero estoy segura de que nunca olvidaremos este en particular. Y es que sí hubo de todo, aunque no haya habido sol. Dormir a tu lado es un lujo, pese a tus ronquidos (gracias por la buena intención y genial idea de arrullarme con la música de tu ipod y por ser tan creativamente gracioso poniéndote la gutapercha en la boca). Acostarme y despertarme abrazada a ti me emociona y me motiva. Eres mi héroe matacucarachas y matazancudos (se te ve tan comprometido con el mundo cuando te concentras en esa labor). Eres también el Rey de las Curvas cuando manejas (¿te he contado que mi abuelo fue corredor de autos y su alías era ese?, bueno, me gusta cómo suena, pero no seas como él, jajajaja, yo solo quiero que seas el rey de mis curvas). Eres todo lo que quiero en mi vida: mi compañero, mi amante, mi contador de chistes, mi héroe, mi aventurero, mi siempre dispuesto jota. Te amo por eso.
 
Queda pendiente regresar a “Lampay”, esa playita realmente caleta, cuando el sol esté pleno y también cuando tengamos hijos. Queda pendiente un plan de negocio turístico para seguir haciendo patria. Queda pendiente ir a comer a Tato, aunque el Palmero estuvo buenísimo. Queda pendiente comprar una almohada viajera para mí, no es justo que solo tú lleves tremendo almohadón floreado, jajajajaaja. Quedan pendientes más brindis, más amor, más fotos. Queda una vida pendiente. Te amo.
 
 
PD: sé que esperabas más de este post. Por alguna extraña razón me quedé atracada, no por falta de inspiración. Quizás es que siento que ahorita hay otros temas que me rondan en la cabeza y sobre los que escribiré pronto. Ojalá no entristezcas mucho porque esta entrada no está como la imaginabas. I know you, fly.

 

Que venga lo bueno, bienvenido 2010

No pienso ser malagradecida ni ingrata. No quisiera que se vaya el 2009. Ha sido un buen año, me han pasado cosas excelentes. No quiero decirle simplemente chau, vete ya. No, no, no. Antes de despedirme haré un recuento a manera de gracias.

Gracias, 2009. Desde el primer día del año te quise mucho.

Ha sido un año de crecimiento, de madurez, de tranquilidad, de amor.

Me dejé lanzar al cielo y grité sin parar mirando el paisaje cusqueño. Cambié una chamba buena por una mejor. Sin querer queriendo seleccioné mejor a mis verdaderos amigos y con ellos me quedé. Hice un diplomado y también me titulé. Empecé a perdonar, a olvidar, a superar. Viajé. Me enamoré. ¡Gracias 2009!

Y gracias a ti, mi amor, porque no hubiera logrado nada de lo que acabo de mencionar si no hubiera sido por tus palabras de aliento, por tus consejos y por tu compañía. Te amo profundamente y estoy convencida de que lo nuestro es lo más maravilloso que nos pudo pasar. Serendipity por fin. Y por fin una lista de más de cien cosas por seguir cumpliendo.

Ahora sí: ¡BIENVENIDO 2010!

 

Nos vamos a las playitas escondidas del norte chico. Pronto un nuevo post.

Amor a color

Viaje a Pucallpa

27-29 noviembre, 2009

 

Pucallpa es un vocablo quechua que quiere decir tierra roja o tierra colorada. Dicen que la ciudad del oriente peruano lleva ese nombre debido a la coloración rojiza de su suelo. Para mí Pucallpa es mucho más que un suelo rojizo, es más que el primer lugar de la selva que he visitado en mi vida. Pucallpa es el primer paraje al que viajé con Pepe y disfruté de principio a fin la felicidad de estar con la persona de tu vida.

***

Habíamos planeado este viaje como dos meses antes. Inicialmente nuestra fecha de vuelo era el 30 de octubre. Esa noche fuimos al aeropuerto, apuradísimos y nerviosos. El tráfico había sido un desastre y llegamos casi con las justas para hacer el registro. Ya estando en pleno Jorge Chávez, y más relajados con respecto al tiempo, nos sentamos a comer en McDonald’s, caminamos un poco y abordamos el avión con calma. Estábamos sentaditos, con el cinturón ya puesto cuando, de pronto, la voz de la azafata retumbó en nuestros oídos: “queridos pasajeros, disculpen las molestias, por problemas con el aeropuerto de Pucallpa no podremos despegar. El viaje se ha cancelado. Váyanse a volar a otra parte. No nos interesan sus vacaciones ni sus sueños estancados. Adiós. No nos llamen, los llamaremos si nos provoca”. Bueno, lógicamente no fueron las palabras exactas pero sí el sentido de las oraciones de esa mujercita que se esfumó como “mi bella genio” una vez que terminó de hablar.

Pepe y yo no podíamos creerlo. Con toda la ilusión que habíamos tenido, con todo lo que habíamos planeado, con la reserva del hotel hecha y sin planes para “jalouin” decidimos no hacernos más colerones y regresamos a mi casa. “Por algo será”, dijeron nuestras mamás cuando les contamos. Esa noche no viajamos a ningún lado, pero brindamos por la anécdota. Al día siguiente Pucallpa era Cieneguilla. Pero esa es una historia aparte.

Por fin concretamos el viaje un mes después. Partimos el viernes 27 de noviembre en la noche. Cuando ya estábamos listos para despegar estaba inquieta. Nunca le he tenido miedo a los aviones, pero esa vez sentía revoltijos de nervios en mi panza. Felizmente tenía a mi jota al lado, lo abracé, me aferraba a él, a su olor y a su voz mientras hacía mis oraciones para que todo salga bien y, por supuesto, no se haga realidad ninguna escena de película de gente perdida en la selva o naufragando en el mar por culpa de un avión piña. Gracias a Dios mi zambo me dio la calma, hizo que abra mis ojos y vea el esplendor de las luces limeñas y luego el espesor de su gris un poco más arriba. Estábamos en el cielo. Por primerísima vez los dos juntos sobre las verdaderas nubes.

Llegamos a Pucallpa como a las diez de la noche. Recién había terminado de llover y sentíamos el vapor en nuestras caras. Recogimos los maletines y tomamos un taxi hasta Arequipa. Así se llamaba el hotel de la primera noche y quedaba en el centro de la ciudad. Fue una noche bonita. El cuarto no era nada del otro mundo, pero estaba limpio y tenía aire acondicionado. Además, lo principal era que estábamos juntos… así que nos abrazamos y nos quedamos dormidos. Jota ronca, ronca mucho. Mi estrategia es darle unos empujoncitos cuando lo hace, él dice que soy muy tosca y que busque otras maneras, que no se da cuenta y que si por él fuera lo controlaría. Creo que tiene razón. Pensé que llegando a Lima debía buscar información sobre los ronquidos y sus soluciones. Yo quiero dormir con jota el resto de mi vida, pero preferiría otra banda sonora para mis noches.

El sábado nos despertamos temprano. La tele se había quedado prendida y los canales de ese cable eran bastante folclóricos para nuestros gustos. Lo solucionamos durmiendo un poco más, luego bajamos a tomar desayuno y esperamos que nos recojan los del “ecolodge” que mi zambito ya había contratado.

A las 10 de la mañana llegó un tipo chato de ojos claros, nos ayudó a cargar los maletines, nos embarcó en un mototaxi y seguimos a su moto hasta el puerto que está a unos 7 km de la ciudad. Por primera vez vimos la impresionante laguna de Yarinacocha. El agua se veía verde, pero clara. Seguramente el tono se lo da toda la vegetación. Es selva, pues. En ese momento no éramos conscientes de que esa laguna sería la compañera perfecta de nuestro viaje ideal. Ahora que escribo esto siento que la laguna es mágica.

Llegamos al albergue donde pasamos una noche y dos días inolvidables. Nos llevó el señor Walter en su lancha y nos recibió Gustavo, un jovencito muy amable y hospitalario que se ofrecía a salir con nosotros en el momento que nos provocara. Nos dio un cuarto provisional, todo era muy rústico y felizmente no había tanto bicho como me imaginé. Dejamos nuestras cosas y regresamos a la lancha. Walter nos llevó a una comunidad artesana. No había nada del otro mundo, pero dado que ya estábamos ahí y que las miradas de las mujeres nos destruían cada segundo con más intensidad Pepe me compró un collarcito que elegí casi a la fuerza y nos fuimos. Después volvimos a la lancha con la promesa de ir a “la jungla”. Jajajaja… resulta que la jungla era solo el nombre de un restaurant turístico a la orilla de la laguna. Había animales, eso sí. Pero en sus respectivas jaulas. Creo que mejor fue así porque cara de buenitos no tenían, sobre todo uno con pinta de gato salvaje que se puso de boca a boca con mi zambo. Del resto de esa tarde recuerdo que regresamos al albergue y por alguna tontería que ya ni recuerdo se nos ocurrió discutir y quedarnos dormidos. Cuando despertamos ya se estaba poniendo el sol. Buen escenario para una reconciliación. El agua ya estaba más calmada y nosotros también. Decidimos no salir más esa noche, cenamos y pasamos una noche muy entretenida y particular conversando por horas a la luz de una linterna. Esos momentos de cercanía no tienen precio.

El domingo despertamos temprano con la banda sonora de cientos de pájaros cantores que pudimos ver desde el balconcito de nuestro nuevo cuarto. Fuimos a desayunar y a Pepe lo devoraron los bichos. Fue tanta su desesperación que tuvo que regresar al cuarto antes que yo. No había agua para bañarnos y decidimos salir así, “a la guerra”. Nos tocó salir con Walter y Gustavo. Esta vez fuimos en busca de osos perezosos. Mientras los buscábamos nos topamos con pájaros de distintos tamaños, colores y silbidos. Hasta que por fin. Nos habíamos demorada más de la cuenta pero lo logramos. A lo lejos se divisaba un pompón plomo. Era un perezoso real. Anclamos el bote cerca a los árboles y Gustavo trepó el árbol hasta bajar al animalito. Por primera vez en mi vida veía a un oso de esa especie. Tenía cara de flojonazo, un pelo completamente tieso, varios insectos silueteándolo y unas garras larguísimas, amarillentas y arqueadas. Así y todo, feísimo el pobre, me dio ternura y hasta lo cargué. Todos hicimos lo mismo y luego lo volvimos a dejar en su hábitat natural, para que se siga rascando la panza con toda su modorra. Ahora que lo pienso… ¿vendrá de ahí la frase “rascarse la panza”? Y es que el oso perezoso es panzón, haragán y tiene unas garrazas. Quizás sí se la pase rascándosela. Tras ese encuentro nos tocó ir a la “playa”.  Paramos a la orilla de laguna y nos dimos un rico chapuzón hasta que sentimos que unos diminutos pececitos nos estaban mordisqueando. Fue, sin duda, una rica mañana. Regresamos al albergue a almorzar y después de un brevísimo descanso nos fuimos a la selva. Ahora sí el plan prometía: nos íbamos a insertar en las profundidades de un bosque de la mera selva. Sí que sí.

Mi zambo estaba más emocionado que yo. Creo que se sentía en uno de los capítulos de Lost, una de sus series favoritas. Sin embargo, si no fuera por la sensación de aventura inicial y el mono que vimos en la entrada (amarrado, por cierto), la selva para mí no tuvo mayor atractivo. El vapor era espeso, la vegetación nos cubría, las hormigas eran del tamaño de mis dedos del pie y los zancudos me volvían loca. Además, tuve la mala suerte de golpearme la cabeza con un tronco. Fue ahí donde decidimos dar media vuelta y regresar. Total, para la aventura ya era suficiente. Desde estas líneas le agradezco a mi zambito por haberme cuidado y por no haberse molestado cuando propuse regresar. Sé que él tenía más ilusión que yo de recorrer los parajes prohibidos, que quería pelear con pishtacos y entrar en discusiones con leones y cocodrilos. Sorry, mi amor, no era mi intención arruinar el plan. De todos modos, yo te veo más valiente y guapo que Tarzán.

Ya se acababa el día. Llegando al albergue nos tomamos una cerveza cada uno. ¡Qué refrescante! Me eché en la hamaca un rato, Pepe se sentó en uno de los bancos hechos de troncos y así empezó a atardecer. Otra vez las aguas mansas y el cielo precioso. Azules, lilas y anaranjados se iban mezclando haciendo gala de las maravillas de la naturaleza. Puedo decir con toda convicción que es un lujo pasar minutos de tu vida en un escenario así, lleno de belleza y con el alma llena también… de mucho amor.

Eran como las siete de la noche y ya a oscuras regresamos al pueblo. Pucallpa nos esperaba en domingo. Y qué tal domingo: discotecas funcionando, música a todo volumen en todas partes, mototaxis bullangueros paseando por todos lados y la Plaza de Armas en un alboroto sin par. Con equipaje y todo entramos a la iglesia, inicialmente para agradecer y salir, pero luego decidimos quedarnos en la misa. Eso me dio paz. Agradecí y también pedí con el corazón en la mano que el amor entre nosotros siempre se mantenga sano y audaz. Después de la bendición nos tocó hacer tiempo en la plaza. Fue divertido, comimos helados, miramos a la gente pasar, y nos abrazamos relajadísimos. Ya nada podía ser mejor. Emprendimos ruta hacia el aeropuerto, el vuelo saldría con retraso, comimos un sanguchito y a la hora de la hora nos subimos al avión. Esta vez ya no más miedo. La sonrisa de oreja a oreja y un par de corazones más vivos que nunca podían echar a andar tremenda maquina voladora. Recargadísimos de energías y convencidos de esta relación Lima nos esperaba con los brazos abiertos. Porque finalmente Lima es Lima y es nuestro hogar, dulce hogar.

 

 

Me gustas cuando…

Cada vez que te miro el corazón me late más fuerte. Galopa. Cada vez que te veo sumo a mi lista una razón más para quererte y para querer todo contigo. Día a día te descubro en nuevas facetas y lo más genial es que me gustas en todas ellas. Para darte tu regalo navideño (el tangible) pensé en tus tres principales facetas: la de músico, la de ejecutivo y la de chico sexy.

El regalo es un reconocimiento a tu encanto en cada rol:

MI JOTA MÚSICO: por tu inteligencia emocional, por tu buen oído y tu excelente coordinación. Por tu fuerza y por la pasión con la que vas creando ritmos. Por lo interesante que se te ve agarrando un instrumento (especialmente tocando tu batería) van estas baquetas. Las espero de regreso a mí (las moradas) luego de el primer concierto que me dediques cuando lancen nuevo disco.

MI ZAMBO EJECUTIVO: no hay manera que a ti una prenda no te quede bien. Talvez por eso es complicado elegir una sola. Elegí una corbata porque todas te quedan bien y porque es el “símbolo” del ejecutivo pulcro, interesante y encantador. Esta corbata te acompañará el 2010 en el nuevo y magnífico nuevo trabajo que tendrás. 

MI CÓMPLICE SEXY: ¡uuuuuuufffff! ¿Necesito decir más? Se te ve impresionantemente atractivo cuando luces tus brazos. Un bividí a ti te queda excelente y compruebo que eres realmente muy sensual. Una prenda que me provoca y me invita a engreirte completísimamente.

Como ves… me gustas siempre y en cada faceta tuya haces que me vibre el alma.