Cumpleaños ¿feliz?

De niña, soñaba con poder celebrar mi cumpleaños a lo grande: con invitados, piñata, muchos regalos y un súper show. Pero cumplo años en enero, pleno verano limeño, el mes donde la gente se mueve, ya sea para escapar como para reacomodarse en nuevas realidades, como pasaba en mi niñez. En mi infancia de villa militar, enero era el mes de los «cambios» y algunos llegaban, otros se iban, pero jamás estaban todos los que tenían que estar, así que nunca tuve esas fiestitas que soñé. Igual, no me quejo, tenía celebraciones familiares sencillas y bonitas. Mi venganza empezó cuando me mudé a un barrio «normal» en el que enero solo significaba vacaciones de verano y eso, en los 90 significaba solo tiempo libre para disfrutar con los amigos del barrio y la vida. Así que cumplí 15 años rodeada de nuevos amigos, de otros colegios y con la gran ilusión de poder empezar a celebrar de verdad. Así que, sin parar, hasta los 26, sin parar celebré como no lo había hecho en mis primeros años de vida. Las reuniones más divertidas, relajadas, con grupos de la vida, el colegio, el barrio, la universidad, el trabajo y la vida se iban uniendo. Eran celebraciones con mi música variadísima, mis chelas, mis sanguchitos de pollo o anticuchos recién hechecitos. Uuuuuffff. ¡Qué feliz era! Pero luego todos mis amigos ya hacían sus vidas, empezaron a tener otros planes en verano (llegó el boom de «eisha») y mis celebraciones de cumpleaños tomaron otra ruta, en la que igual me ponía contenta por el día especial pero ya sin tonear en mis aposentos. Con el tiempo, he celebrado en petit comité y me he sentido feliz. Almuerzos en familia, celebraciones en la playa, días de piscina, picnics en el parque e incluso viajes para que todo tenga un nuevo sentido. Pero este año todo ha sido distinto, emocionalmente caótico, bordeando la depresión. Unas ganas de llorar que te mueres. Unos pensamientos tóxicos que dolían. Una nostalgia innecesaria y unas rabietas silenciosas que reconozco insoportables. Me pregunto porqué me siento así. No sé si porque este año he cumplido 39 y sé que es mi último tramo en esta juvenil década, no sé si es por el estrés, si por distintas tristezas acumuladas o si los astros realmente se desalinearon.

Si no fuera por la ternura que me genera ver a mis hijos, todo hubiese sido gris. Ellos son mi luz y mi cable a tierra y lo agradezco. Pero fuera de eso la pasé mal, no quería ver a nadie, no quería los típicos saludos de personas que no te ven y no saben de ti pero te desean lo mejor, no quise ni ver a mi familia. Y eso, solo ese aislamiento de drama queen, al final me devolvió la calma. Fue un día en que pude tener un momento para mí, con más de una hora de caminata en la mañana, en que trabajé mediodía, pude almorzar fuera de casa, lloré frente al columbario de mi papá e hice una siesta rica y necesaria. Fue un cumpleaños poco feliz, pero bien real. Y aunque ese día dolió, era necesario drenar.

Normalicemos estar tristes el día que cumplimos años. Es como un pequeño duelo y en un solo día pasé por la negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Una montaña rusa que duró todo un día.

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