Noche de insomnio

Tú duermes. Yo, te confieso, me voy acostumbrando a tus ronquidos. O por lo menos ya no me sacan de quisio. Tú roncas y yo te siento cerca, más que vivo.
Tú duermes. Yo hace rato que apagué la tele y empecé a dar vueltas en la cama, a pensar en ti aunque estés aquí conmigo. Te abrazo, te susurro palabras que tú ni escuchas ni entenderías. Quiero dormir y rezo antes de cerrar mis ojos… agradezco porque te tengo y le pido, le suplico a Dios, que nos dé salud y fuerzas para amarnos muchos años más. Y como cada noche me imagino la vida a tu lado, los hijos que tendremos, los viajes que haremos, las historias que escribiremos. ¿Qué experiencias viviremos, mi amor? ¿Qué cosas nos tocarán? A veces tengo miedo de estar tan feliz. Por eso vuelvo a rezar y pido fuerzas para superar todo lo que hasta ahora nos está escondido.
Quiero pensar que sí se puede ser tan feliz. Que yo no me lo invento.
¿Tú también pensarás en mis historias de cuento?
Estarás soñando conmigo, Lorena también se aparecerá en tus sueños?
¿Tendrá algún significado el ritmo de tus ronquidos?
Mira que incluso en el blog soy yo la de las mil palabras, frases y preguntas. Tú, para variar, ni te inmutas.
He descubierto, ya de casada, que eres una persona silenciosa. Escuchas, curioseas, lees. Pero no hablas mucho. O mejor dicho, solo dices lo necesario. Me gustaría contagiarme de ti. ¿Cómo será ser tú? Mmmmmm… mejor ni lo pienso, no vaya a pasarme como en las películas y mañana amanezco con barba.

Te amo. A veces como que “ya mucho”. Te lo he dicho antes: me gustaría ser menos expresiva. Quizás así mis muestras de cariño se sentirían más especiales. Como cuando tú, de pronto, me das un beso inesperado.

A veces me siento hasta ridícula por alabarte todo el rato, por buscarte un beso, un abrazo, por mencionarte en cada conversación. Todo me sale espontáneamente, pero (como ahora) me detengo a pensar, considero que debo parar la mano para no hostigar. O, como bien decía mi abue cuando apachurrábamos y/o molestábamos mucho a alguien, “no lo ‘burras al chico”.

Sigues durmiendo. Antojadizo zambito, ahora te has volteado estratégicamente para roncar en mi oído. Voy a cerrar los ojos para imaginar que es un susurro o que me estás cantando una canción.

Madrugada del último día de enero.

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