Zambos, uvas, jotas: nuestros sobrenombres

Nunca me imaginé que me casaría con Pepe. Mejor dicho, con un chico que se llame así. No es que me parezca un feo apelativo, más bien me parece que usar solo dos letras para un nombre es un poco aburrido. Lo bueno es que Pepe se llama José. Y eso suena mejor. Yo soy Verónica. Me gusta mi nombre, es largo, suena bien, lleva mis cuatro vocales favoritas y significa imagen auténtica. De cariño me dicen Vero o Verito… pero de un tiempo a esta parte dejé mi nombre de lado para ser “la zamba”… y Pepe dejó su corto sobrenombre para convertirse en mi Jota.

 Aquí las anécdotas alrededor de los significados (y significaciones).

(bueno, esta es mi versión).

 En mi anterior chamba mi jefe se apellidaba Zundorf. Éramos dos en el área, él y yo. De cariño a él le decían “zundi”, por lo tanto, yo, su discípula, terminé siendo “zundita”. Sonaba divertido y nunca me molestó. Zundita para aquí, zundita para allá. En esa época Pepe y yo éramos solo amigos y empezábamos recién una costumbre que nos dura hasta hoy: conversar en el ciberespacio; es decir, chatear. Él me decía Veeeeeeeero y yo le decía Peeeeeeeeeeepe. Así de simple y efusivo. Nuestras charlas en el communicator de Siemens se hacían cada vez más frecuentes y nos empezamos a conocer a través de las palabra escrita. También, de cuando en cuando desde nuestras casas, solíamos encontrarnos en el messenger… y era divertido porque ese chat tiene una opción para enviar “zumbidos”, que son una especie de alertas temblorosas que mandan los usuarios para llamar la atención. Y Pepe me zumbaba para que me de cuenta de su presencia en el chat. Entonces, cuando volvíamos a la realidad del chat del trabajo no había zumbidos y si me ausentaba me decía: te quiero zumbar. Esa frase luego derivó en zundita, te quiero zumbar. A lo que yo respondía: zúmbame; luego le añadí el “zúmbame la zamba” (por la frase de la serie El 4to de Juan). Rápidamente zundita mutó a zumbita y de zumbita fue muuuuy fácil pasar a zambita.  Desde ese entonces soy la zambita o cualquiera de sus derivados: zamba, zambi, zambita, zambota, zamborja, etc.

Como a mí no me cuadraba el Pepe, a secas, trataba de ponerle emoción al nombre. Le decía “Peeeeeeeeeeeeeeepe”. Pero un día le confesé que no me gustaba tanta simpleza y frialdad y le dije que iba a pensar en otra forma de llamarlo. Se me ocurrió usar la primera letra de su nombre, pero no podía ser la “p” porque sonaba mal decirle “pe” y, además, porque su nombre real no era Pepe sino José. Entonces se convirtió en Jota. Y me gusta porque, aunque el diccionario de la RAE me de otro significado, a mí me suena súper bien, suena fuerte, es vigoroso, simpático, amable… y hasta sexy. Queda para la anécdota que este “jota” ha derivado a veces en “jotita”, “jota-jota oré”, entre otras.

Jota se quiso copiar lo del uso de la inicial. Entonces me quería llamar por la inicial de mi nombre, pero ya otras personas me dicen Vé. Inteligentemente me dijo que me llamaría “uve”, porque es el nombre de la letra v. Yo me opuse porque no quería que mi nombre se manche con esa única vocal de la que me había librado toda la vida. Sorry, pero soy hincha de Alianza Lima y una “u” no podía ser parte de mi nombre, por mucho cariño que tuviera al decirlo. Pero Pepe insistía y me llamaba así, “uve”. Poco a poco empecé a ceder, pero siempre firmando así: uVe (digamos que para minimizar a esa primera vocal). Y de uve pasé a uva, porque sonaba mejor, más dulce, más jugosa, más redonda, más yo. Y me quedé con uva, derivando en uvita, uvaza y uvón.

Siempre le damos la bienvenida a otras combinaciones: ej. uva zambita, jota zambazo.

Para terminar, confieso que, a pesar de que cada uno de estos sobrenombres es especial, único y cargado de cariño e historia, no hay mejor cosa que decirle, de cuando en cuando, lo que se dicen todas las personas enamoradas: amor, mi amor.