Magia

Siempre tuve mis reparos con el 14 de febrero como fecha para celebrar el Día del Amor y la Amistad; sinceramente no sé quién fue San Valentín, no tengo nada contra él –de hecho debe ser uno de los santos más mentados del mundo–, pero simplemente no me nace de espontánea dedicarle un día. Creo que el amor y la amistad deberían celebrarse los 365 días del año o, por lo menos, en cualquier fecha sin marcar en el calendario. El amor se celebra sorprendiendo, en cualquier momento, en cualquier lugar.

Mi último 14 de febrero lo pasé en Paracas. Pepe y yo decidimos ir y al final la fecha que elegimos fue ese fin de semana, pero no necesariamente por ser “ese” día. Partimos el sábado temprano en Valiente, el día estaba soleado y entre conversa y conversa el trayecto se hizo corto. Nuestra primera parada fue en el kilómetro 138 de la Panamericana Sur, en Cañete. Como no habíamos desayunado, nos guardamos el apetito hasta El Piloto, ese restaurante ya clásico de la ruta sureña. Un jugo y un sanguchito y ya estábamos listos para seguir rumbo a Paracas. 

Por fin llegamos un poco antes de mediodía, el sol estaba en todo su esplendor. Nuestro plan, desde un inicio, era estar completamente relajados y disfrutar de un fin de semana solos en la playa. Otra vez íbamos en busca del paraíso. Y sí que lo encontramos.

La primera decisión fue no hacer el tour a las Islas Ballestas, pues antes ya lo habíamos hecho con nuestras respectivas familias y repetirlo ahora ya no nos entusiasmaba. Entonces, el sábado que llegamos fue día de investigación. Nos fuimos por el lado de las playas de la Reserva y empezamos a descubrir lugares impensables tan cerca de Lima: playas solitarias, dunas gigantescas, caminos casi inexplorados. Luego de un buen rato buscando la playa ideal decidimos bajar en una que se veía espectacular. Y ciertamente fue una excelente medida. Pasamos ahí un poco más de una hora, nos bañamos en el mar y nos enarenamos de arena por la fuerza de los famosos vientos paracas. Jugamos, nos reímos, disfrutamos, nos despeinamos, nos ensuciamos. Vivimos. Luego de eso fuimos a El Mirador, un hotelito en Paracas en donde nos alojamos. El resto de la tarde nos la pasamos en la piscina, luego fuimos a Pisco y después regresamos a ver pelis en la laptop… hasta que nos quedamos dormidos sin saber el final de esa película argentina que competirá con La Teta Asustada por el Oscar.

El domingo 14 de febrero salió el sol desde temprano y nuestro plan era ir desde temprano a la misma playita del día anterior, así que desayunamos pronto y partimos hacia el lugar más bonito del mundo, de mi mundo. Esta vez nos acomodamos en un lugar donde ya no nos llenaríamos de arena como el día anterior, así que estábamos contentos. Acomodamos toallas en la arena, cubrimos cámara de fotos, nos desparramamos en la arena a tomar sol. Quizá haya sido uno de los momentos más felices de mi vida. Y es que la felicidad está en las cosas más sencillas del mundo. Bastan solo la naturaleza y una excelente compañía para sentir que todo el mundo se detiene para ti, para sentir que todo es perfecto.

Tan feliz me sentí que le dije a Pepe: “amor, esto es perfecto: cielo azul, sol radiante, una playa hermosa y tú y yo solos en este paisaje, qué más podemos pedir”. Puedo pecar de cursi, pero confieso que me sentía en la cima del cielo. Entonces, él me interrumpió diciéndome que tenía toda la razón y que tanto era así que le había provocado cantarme una canción. Dale, le dije. Y se fue al carro a traer su… ¡guitarra! Y qué hace este con guitarra, de dónde la sacó, no sabía que la había traído, pensaba yo. Como a mí me encanta toda esa onda musical y siempre he soñado con tocar guitarra cantando cualquier cosa alrededor de una fogata en la playa (como en las películas, jajaja) me pareció encantador que aparezca ese instrumento. Digamos que se completaba mi escena de amor. Le dije que cante la primera canción que aprendió en su vida y me salió con una cantaleta muy graciosa. Yo aplaudía entre risas y exigencias para que algún día me enseñe a tocar. Hasta que me dijo que me calle porque él quería cantarme una canción. Adelante, amor, cántame lo que quieras.

Tengo la cabeza en la luna, tengo lo que siempre soñé. Tengo una inmensa fortuna desde que te encontré. Tengo mi futuro en las manos, tengo el corazón a tus pies, tengo lo que tanto esperaba, desde que te encontré…

Guauuuuuuuu, me dije en silencio. Esto es demasiado. Mi piel se erizó de inmediato, mi corazón se aceleró, y en mi cabeza retumbaba la frase “qué romántico, ahora sí me gustan los catorces de febrero”. Yo nací para ti, por eso es que hoy te vine a pedir… ¡cásate conmigo, amor, caminemos de la mano, cásate conmigo hoy, quiero estar, siempre a tu lado! Eres el amor de mi vida… cásate conmigo.

Ayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy. Qué difícil describir todo lo que sentí. Tenía todos los ingredientes ideales para armar mi escena de amor perfecta. Pepe, guitarra y voz, sol, playa (y nuestros ángeles cómplices, estoy segura de eso). Yo lloraba, mi corazón estaba a mil, mis manos apretaban las suyas, nos besamos y luego, con su voz ya un poco quebrada, él siguió cantando…

Viviremos enamorados, una eterna luna de miel, somos la pareja perfecta, mañana seremos tres. Yo, nací para ti, por eso es que hoy te vine a pedir… eres el amor de mi vida, cásate conmigo…

Ya a estas alturas no recuerdo qué palabras usó luego, pero me habló de nosotros, de lo bien que nos habíamos llevado siempre, de cuánto nos amábamos, de lo seguro que estaba. Él también estaba nervioso, creo que ambos temblamos de emoción. De repente sacó una cajita negra, la abrió y vi que algo brilló demasiado. ¡La pedida era con anillo y todo! Sinceramente no es lo que me importa (de hecho antes yo “rajaba” de ese trámite del anillo), pero cuando vi mi sortija me emocioné. Y es que los objetos no valen por lo que son sino por el valor que les da uno mismo. Y aunque sí seguramente invirtió bien mi zambo, lo que tengo puesto en el dedo es el símbolo tangible de un compromiso que no tiene precio.

Está demás decir que le dije que sí, que le reafirmé lo que siento por él, que seguí llorando un rato y que le pedí un bis de la canción. Este 14 de febrero sí fue especial, fui realmente sorprendida.
A este momento de mi vida le llamo magia.

PD: la canción es de un mexicano llamado Reily. Pero aquí entre nos, no cambio la interpretación de mi jota por nada.

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